martes, 9 de julio de 2013

El hijo de la Antonia



 Últimamente existe la tendencia de renombrar conceptos que hasta ahora nos parecían de lo más mundanos, no sé si por la intención de dotarles de más empaque, de más prestigio o simplemente para que se hable de ellos y ponerlos de moda. Creo que las cosas son mucho más simples que todo eso. Existe demasiada parafernalia y eso hace que se pierda un poco la esencia del significado.

Por esa razón a muchos no les parecerá adecuado este primer artículo. Seguramente no sea lo que debiera escribir en lo que quiere ser un “CEO Blog”. Lo normal es que hablara de emprender, de startups, de marca personal, modelos de negocio, etc. En cambio, voy a desempolvar el viejo álbum de fotos y pasar a modo nostálgico. Puede que sea algo demasiado personal para empezar. Pero es lo que necesito escribir. 

Y es que como decía, hay conceptos que parecen muy actuales y novedosos, que realmente no lo son tanto. Uno de ellos es el concepto de “marca personal”. Lo que entiendo yo como “marca personal” no es más que mostrar a la gente que no me conoce quién soy y a dónde voy, y para ello es indispensable conocer de dónde vengo. Es indispensable echar la vista atrás y recordar qué, y sobre todo, quiénes, son los culpables de que yo esté donde estoy y de que sea como soy. Y de darles las gracias por ello:

Gracias a mi abuelo Lleonart, por prestarme su nombre.

A mi abuelo Lázaro, que era pescador. Aquél que salía con mal tiempo, cuando los demás se quedaban en el puerto por considerarlo arriesgado. En esas ocasiones solía decir: “Si pesco algo, lo venderé a precio de oro. Si no pesco nada, al menos lo habré intentado”.

A mi abuela Isabel. Se quedó ciega cuando yo tenía 2 años. Recuerdo que muchas veces pensaba que nos engañaba y que realmente sí veía. Me parecía increíble que una persona invidente pudiera desenvolverse tan bien como lo hacía ella. Todo un ejemplo de superación, de no dejarse vencer por las circunstancias.

A mi tío Andrés y a Mateo, que me enseñaron a trabajar y me ayudaron a crecer.

A mi tía, a mis primos y a mis cuñadas, por estar ahí cuando más lo necesitábamos.

A mis amigos, que hacen que recuerde que a veces es necesario olvidarse de todo, aunque sea por un rato. Los que me empujan cuando me freno  y los que me paran cuando me acelero.

A mi mujer, por celebrar conmigo la que, según mi madre, fue la mejor boda de la historia. Y por hacerme comprender que hay cosas que tenemos que hacer, aunque no tengamos ningunas ganas de hacerlas.

A mi familia política, por acogerme como uno más. Y a Júlia y su capacidad de hacernos sonreír aún en nuestros peores momentos.

A mis hermanos. Con ellos he aprendido a jugar, a ganar, a perder, a reír, a llorar, a luchar, a compartir, a pelear, a apoyar,  a discutir, a escuchar … La lista es infinita. Necesitaría páginas y páginas para explicar lo que me han dado y lo que me siguen dando. Qué diferente y qué difícil hubiera sido todo si no pudiera contar con ellos. Muchísimas gracias a los tres.

A mi padre, por haber trabajado toda su vida con el único objetivo de sacar adelante a su familia. Por enseñarme que aunque seas bueno en algo, pongas todo tu empeño, todo tu esfuerzo en conseguir un objetivo, no significa que finalmente tengas éxito. Pero que si no te esfuerzas y no pones toda tu voluntad, el fracaso en cambio sí está asegurado. Por ser un ejemplo como persona. Por levantarse todas las veces (demasiadas) que le han hecho caer. 

Pero sobre todo, a mi madre. La persona que sin duda más ha contribuido a que yo sea quien soy. Por cuidarme, por educarme y por sufrirme. Por sacrificarse por nosotros, día sí y día también. Por pensar en nosotros más que en ella misma. Por darnos todo lo que tenía. Todo.

Hoy hubiera cumplido 58 años. Una de las últimas cosas que me dijo fue: “Yo sí creo en ti”. Ahora sé que esa frase rondará mi cabeza toda mi vida, y que si no intento ser mejor cada día, le estaré fallando. Su marcha ha convertido muchas de mis convicciones en dudas. Antes estaba seguro de que lo lograría, ahora sólo puedo estar seguro de que lo voy a intentar. Por ella, por mí, por todos los que me quieren.

Como decía al empezar, se ha extendido la moda de renombrar conceptos antiguos, o para algunos, anticuados, no sé bien con qué intención. Entre ellos el que me he centrado en este escrito, el de  “marca personal” o “reputación online”. Creo que no son más que una redefinición del archiconocido,  mil veces mencionado, pero poco glamuroso “¿Y tú de quien eres?”.  

Pues yo soy el hijo de la Antonia. Nada más. Y NADA MENOS.

No hay comentarios:

Publicar un comentario